lunes, 19 de mayo de 2014

Echo de menos el desierto

Echo de menos el desierto, ese desierto beige y terroso salpicado de plantas oscuras, rastreras y polvorientas de tallos duros y poco delicados. También los interminables limoneros que se extienden hasta alguna pequeña loma donde crece un pequeño pino retorcido. La lluvia que cae muy de cuando en cuando moja brevemente el suelo cuarteado y termina seguramente en algún pozo subterráneo fresco y desconocido.
El sol parece allí quemar más que en el resto del país, como si en lugar de darte una suave caricia su luz te mordiera la piel. El aire caliente sumerje todo el ambiente en un líquido pegajoso en el que cuesta respirar.
Y por fin, el mar; el desierto se acerca al agua salada y tranquila del Mediterráneo. La ocasional sombra de alguna palmera y el viento fresco y húmedo dan una pequeña tregua.

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