Me he dado la vuelta, no quiero verlo. Me centro en las cosas que ocurren a mi alrededor, pequeñas, diminutas, del día a día. Como el náufrago que para evitar perder la cabeza sobrevive cada nuevo amacer planeando su siguiente paso sin meditar sobre la muerte a corto-medio plazo ya que le están buscando en las coordenadas equivocadas del Pacífico.
Las cosas ocurren a mi alrededor como si no tuvieran que ver conmigo, aunque sí sea así. Me veo en mitad de un camino rodeado de árboles mientras el viento levanta las hojas secas. La mayoría vuelan lejos de mí y las que me tocan no producen efecto alguno.
De la misma manera, escribir aquí se ha convertido en una manera de hablar a solas, de balbucear más bien, porque tengo la sensación de que cada vez escribo peor. El otro día pasé por una carretera que era exactamente igual a la que imaginé para la entrada de "La nacional". Por muy bien que me sienta físicamente, el ser consciente de que sería incapaz de volver a escribir algo como eso provocó una necrosis masiva dentro de mi cuerpo.
viernes, 29 de agosto de 2014
miércoles, 30 de julio de 2014
Protégeme
Protégeme de los demonios de mi interior, de mí mismo. De hacerte daño. Busco tu cuerpo y tu calor como una hoguera en un bosque lluvioso. Hazme ser bueno. Quiero perderme en ti y que inundes mis sueños para evitar que vuelva a soñar con monstruos del pasado.
Dame paz conmigo mismo. Satura mis sentidos para que no pueda pensar en nada más que en ti.
Dame paz conmigo mismo. Satura mis sentidos para que no pueda pensar en nada más que en ti.
martes, 29 de julio de 2014
sábado, 14 de junio de 2014
La tormenta que no existe
Escribo sobre mares en donde me gustaría estar y sobre calles por las que paso todos los días. Intento plasmar lo que siento o lo que me hacen sentir, de una manera burda, torpe y siempre a medias. No soy tan bueno como para transmitir el torbellino de emociones que me va de la nuca a las manos cuando conduzco y suena Mighty Micro People de Amon Tobin. Ni la serenidad extraña que me provoca el viento en mi piso, que mueve los estores y los hace chocar contra las ventanas y me recuerda al ruido que hacen los cabos sobre los mástiles de los veleros.
A veces creo estar en un barco en mitad de la tormenta. A veces hago algo para contrarrestar lo que ocurre a mi alredor, otras veces sólo espero a que pase y en ocasiones no hago nada en absoluto.
Pero no es un barco ni hay tormenta; es mi vida y se está acabando minuto a minuto mientras yo estoy aquí, mirando un mar que no existe.
A veces creo estar en un barco en mitad de la tormenta. A veces hago algo para contrarrestar lo que ocurre a mi alredor, otras veces sólo espero a que pase y en ocasiones no hago nada en absoluto.
Pero no es un barco ni hay tormenta; es mi vida y se está acabando minuto a minuto mientras yo estoy aquí, mirando un mar que no existe.
lunes, 19 de mayo de 2014
Echo de menos el desierto
Echo de menos el desierto, ese desierto beige y terroso salpicado de plantas oscuras, rastreras y polvorientas de tallos duros y poco delicados. También los interminables limoneros que se extienden hasta alguna pequeña loma donde crece un pequeño pino retorcido. La lluvia que cae muy de cuando en cuando moja brevemente el suelo cuarteado y termina seguramente en algún pozo subterráneo fresco y desconocido.
El sol parece allí quemar más que en el resto del país, como si en lugar de darte una suave caricia su luz te mordiera la piel. El aire caliente sumerje todo el ambiente en un líquido pegajoso en el que cuesta respirar.
Y por fin, el mar; el desierto se acerca al agua salada y tranquila del Mediterráneo. La ocasional sombra de alguna palmera y el viento fresco y húmedo dan una pequeña tregua.
El sol parece allí quemar más que en el resto del país, como si en lugar de darte una suave caricia su luz te mordiera la piel. El aire caliente sumerje todo el ambiente en un líquido pegajoso en el que cuesta respirar.
Y por fin, el mar; el desierto se acerca al agua salada y tranquila del Mediterráneo. La ocasional sombra de alguna palmera y el viento fresco y húmedo dan una pequeña tregua.
domingo, 20 de abril de 2014
La teoría de la relatividad de las rosas
Mientras corría vi una rosa roja en un rosal y al fondo aquel edificio gris y feo en el que me fijo siempre. El contraste era bonito, más bonito que la rosa en si.
Relatividad, supongo.
Relatividad, supongo.
lunes, 24 de marzo de 2014
Nunca he visto el océano, no como éste
Me adentré en el océano y nadé sin parar, sin pensar. Mis músculos comenzaron a arder y a quejarse pero yo sólo les pedí que siguieran adelante, hacia el horizonte, un horizonte azul en el que la línea entre el cielo y el agua se borraba lentamente mientras pasaban las horas. Al mismo tiempo debajo de mi la oscuridad me observaba en silencio.
Cuando no pude más paré; mirando atrás ya no veía la costa, una observación banal y superflua, pues me daba igual. Mi piel se helaba poco a poco con la inactividad de mi cuerpo mientras las olas me mecían elevándome y descendiéndome de forma tan suave que parecía a propósito.
Estaba lejos de todo y entonces me hundí. Y la oscuridad me aceptó, en silencio.
Cuando no pude más paré; mirando atrás ya no veía la costa, una observación banal y superflua, pues me daba igual. Mi piel se helaba poco a poco con la inactividad de mi cuerpo mientras las olas me mecían elevándome y descendiéndome de forma tan suave que parecía a propósito.
Estaba lejos de todo y entonces me hundí. Y la oscuridad me aceptó, en silencio.
miércoles, 29 de enero de 2014
Ocurre todos los días
Aminoré el paso mientras iba por la calle cuando vi el atardecer al sobrepasar el enorme edificio, mostrándose ante mi. Casi me quedé parado mirándolo. Nadie más parecía verlo. El cielo estaba lleno de pequeñas nubes blancas y grises que se teñían de rojo mientras que el disco solar brillaba apagado tras otra nube en el horizonte. El resto de viandantes pasaba de largo, sin percatarse de ello. Tuve ganas de sentarme y pasar allí el tiempo que quedara de luz, dejando que el espectáculo natural que ocurre todos los días se desarrollara frente a mí.
Me gustan las nubes.
domingo, 19 de enero de 2014
Llevar siempre encima los auriculares "por si acaso"
Caminado por la calle a veces me siento más ligero, como si una burbuja dentro de mi pecho me elevara. En otras ocasiones los pies se me vuelven de cemento y me cuesta dar cada paso. Cada cambio de canción en el móvil hace que mi percepción del mundo cambie, que me encuentre en mitad de un película de espías o a punto de ver al amor de mi vida.
Mi día a día tiene banda sonora y ocupa más de 23 Gb de espacio.
Mi día a día tiene banda sonora y ocupa más de 23 Gb de espacio.
martes, 5 de noviembre de 2013
En la carretera
Los faros iluminando el asfalto a unos pocos metros de mí. Delante, sólo el brillo suave de las señales reflectantes, pocas y dispersas. A mi alrededor la oscuridad más inmensa. Dentro de mí pensaba que el único sitio en el que me encuentro a gusto de verdad es la carretera. Una carretera eterna que no se repite nunca, que siempre cambia, un cielo nocturno que me ofrece todas sus estrellas o que me mira con sombrías nubes que nada reflejan.
Parado en mitad de ningún sitio, en la nada, en el limbo entre lugares que la gente sí recuerda, con la puerta abierta, sentado en el asiento del conductor, comiendo y bebiendo algo para despejarme y seguir con los kilómetros y kilómetros que me separan de un destino al que no quiero llegar. He llegado a disfrutar tanto del camino que me desagrada el destino, o así al menos es como me gusta verlo. Porque la otra manera de verlo es reconocer que tal vez me guste huir, y que por eso me siento tan bien en la carretera, lejos de todos y de todo, lejos de la responsabilidad y del tener que pensar o decidir. Sólo hay que seguir la autovía, sin cuestionarla, sin pedirle cuentas, sin hacer preguntas incómodas. “¿Qué hay más allá?” podría preguntarle. “Más asfalto” me respondería. Y me parecería bien. ¿Cómo no va a parecerme bien? Simplemente sigue, acelera, frena, gira, otras horas más de viaje, de coche y de cafeína. Pero al final, siempre, llego al destino. Un momento abrupto, disruptivo. De pronto apagas el motor y todo se termina. Sales del coche y lo dejas atrás como si no te importara. Pero no es cierto, echas una mirada atrás, añorando los momentos en los que estuviste con él ahí fuera, en la carretera.
En donde menos solo me siento es en donde más solo estoy.
Parado en mitad de ningún sitio, en la nada, en el limbo entre lugares que la gente sí recuerda, con la puerta abierta, sentado en el asiento del conductor, comiendo y bebiendo algo para despejarme y seguir con los kilómetros y kilómetros que me separan de un destino al que no quiero llegar. He llegado a disfrutar tanto del camino que me desagrada el destino, o así al menos es como me gusta verlo. Porque la otra manera de verlo es reconocer que tal vez me guste huir, y que por eso me siento tan bien en la carretera, lejos de todos y de todo, lejos de la responsabilidad y del tener que pensar o decidir. Sólo hay que seguir la autovía, sin cuestionarla, sin pedirle cuentas, sin hacer preguntas incómodas. “¿Qué hay más allá?” podría preguntarle. “Más asfalto” me respondería. Y me parecería bien. ¿Cómo no va a parecerme bien? Simplemente sigue, acelera, frena, gira, otras horas más de viaje, de coche y de cafeína. Pero al final, siempre, llego al destino. Un momento abrupto, disruptivo. De pronto apagas el motor y todo se termina. Sales del coche y lo dejas atrás como si no te importara. Pero no es cierto, echas una mirada atrás, añorando los momentos en los que estuviste con él ahí fuera, en la carretera.
En donde menos solo me siento es en donde más solo estoy.
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