Se levantó esta mañana y se dispuso a ir al trabajo. Apagó el chillón despertador y desayunó lo mismo que todos los días. De camino vió una valla publicitaria; sólo decía: ''compre''. Su coche consumió carburante de sobra hasta llegar al edificio cuadrado y gris que era su oficina. En la puerta estaba el conserje. Se saludaron con algo que algún día fué una palabra, pero que ahora solo era una especie de gruñido. Nada de miradas a los ojos. Subió en el ascensor con cuatro personas más. Visto de lejos parecía que buscaban pistas de un asesinato: todo el ascensor quedó repasado por sus miradas, excepto ellos mismos.
Se sentó en su cubículo. Las ''paredes'' (esa especie de láminas de algún material barato y endeble) estaban llenas de chorradas, un calendario y algunas fotos. Encendió aquella pieza de museo que insistían en llamar ordenador. La pantalla le devolvió una luz un poco mortecina. Letras blancas sobre fondo negro. Las siguientes seis horas estuvo trabajando. Cálculos inútiles, informes absurdos y descansos a base de estimuladores del sistema nervioso central.
Cuando estaba a punto de irse, el programa de su ordenador hizo algo raro. Normalmente sólo devolvía números según las operaciones indicadas por el ser humano. Pero esta vez había letras, letras formando palabras: ''¿estás ahí?''
Sin pensarlo realmente mucho, escribió: ''Si''
Y volvió a suceder lo impensable: volvieron a aparecer letras:
''libérate''.
No podía salir de su asombro. Tecleó ''¿como?'' con una frecuencia cardíaca in crescendo.
Por tercera vez, la pantalla lo hizo. Era imposible. ¡Pero estaba ocurriendo! Pensó en que podría suceder, que sería lo siguiente, cómo cambiaría su futuro. Liberación... sonaba TAN bien. Ser libre al fin ¿Quien podría estar al otro lado de una pantalla llevándole a la libertad? Parecía un sueño, emocionante y esperanzador.
En la pantalla apareció: ''Cambia de coche. El nuevo Curs es ideal para el usuario libre, que elije lo que quiere, porque sabe lo que quiere. Curs, libérate. Phobos Corporation''
miércoles, 18 de marzo de 2009
miércoles, 4 de marzo de 2009
Sin importancia
Ya que lo hice con el n81, me pareció justo hacerlo también con el 5800. Así que aqui está, una entrada con mi flamante móvil capaz de reconocer mi letra. De hecho es por eso que esta entrada es bastante más larga que la otra. En fin, sólo era una chorrada .
domingo, 1 de marzo de 2009
Principio de Siglo
Le gustaba fregar los platos. Programar el robot, colocar los cacharros, encenderlo y ver como mecánicamente su vajilla se limpiaba. Claro que podía usar uno de esos lavavajillas pero, ¿dónde estaría el toque humano? Se imaginaba a la gente de principio de siglo, fregando ellos mismos los platos, o con anticuados lavavajillas a base de detergentes. Se lo imaginaba como en las películas cuando salían imágenes de principio de siglo, sin alta resolución y mala calidad. Eran graciosos, usando sus antiguos ordenadores, con un tamaño gigantesco y sus cientos de discos y asombrados por móviles con pantallas ridículas ¿Realmente se veía algo en ellos? Y los cables. Cables por todas partes. Se acordaba de una película histórica que vió el otro día, en la que para enchufar una rudimentaria cámara a ese armatoste que llamaban ordenador portátil (lo cual no dejaba de ser irónico) tenían que usar un cable.
Las cosas habían cambiado mucho, pero algunos como él, gustaban de hacer las cosas a la antigua usanza, programando manualmente sus robots, en lugar de que lo hiciera el ordenador de la casa.
PD: añado algo que escribí el otro día en clase de Farmacología:
''Mira, podría seguir copiando, pero los desordenados y caóticos fragmentos que puedo conseguir tienen un valor casi nulo, o nulo, cuando a mi diestra y a mi siniestra tengo dos montones de folios encuadernados que tienen la misma información que la profesora, estoy seguro que con toda ilusión, intenta transmitirnos, aunque futilmente. Es una pena, para todos.''
Las cosas habían cambiado mucho, pero algunos como él, gustaban de hacer las cosas a la antigua usanza, programando manualmente sus robots, en lugar de que lo hiciera el ordenador de la casa.
PD: añado algo que escribí el otro día en clase de Farmacología:
''Mira, podría seguir copiando, pero los desordenados y caóticos fragmentos que puedo conseguir tienen un valor casi nulo, o nulo, cuando a mi diestra y a mi siniestra tengo dos montones de folios encuadernados que tienen la misma información que la profesora, estoy seguro que con toda ilusión, intenta transmitirnos, aunque futilmente. Es una pena, para todos.''
viernes, 30 de enero de 2009
Sehnsucht (Nostalgia)
Esta noche, estudiando, he tenido una extraña sensación. He sentido nostalgia de algo que estaba ocurriendo en ese momento. Me he sentido mayor, recordando estos años y he añorado esto. Que raro. Además, no paraba de acordarme de ''La peste bucólica'', porque uno de los protagonistas decía una frase parecida que había oído en una telenovela. La frase era algo así como: ''¿Se puede sentir nostalgia de algo que nunca nos haya ocurrido o nos vaya a ocurrir?''
No se, ese personaje era bastante pusilánime.
PD1.0: debo utilizar palabras como ''pusilánime''?
PD1.1: el otro día la oí en juego de kinkis y pensé: ''que raro que usen esa palabra, la mayoría de los que jueguen a esto no tendrán ni idea de lo que significa''
PD2.0:he cambiado de sistema operativo. Dos veces en tres días. Ubuntu se quedó pequeño, pasé a Sabayon hasta que me hastié de sus extraños errores (lo probaré en el sobremesa) y ahora estoy en Mandriva. Me encanta Mandriva.
PD2.1: jajajajaja, el corrector ortográfico no me detecta como palabras ''Ubuntu'' ni ''Sabayon'', pero sí ''Mandriva''
No se, ese personaje era bastante pusilánime.
PD1.0: debo utilizar palabras como ''pusilánime''?
PD1.1: el otro día la oí en juego de kinkis y pensé: ''que raro que usen esa palabra, la mayoría de los que jueguen a esto no tendrán ni idea de lo que significa''
PD2.0:he cambiado de sistema operativo. Dos veces en tres días. Ubuntu se quedó pequeño, pasé a Sabayon hasta que me hastié de sus extraños errores (lo probaré en el sobremesa) y ahora estoy en Mandriva. Me encanta Mandriva.
PD2.1: jajajajaja, el corrector ortográfico no me detecta como palabras ''Ubuntu'' ni ''Sabayon'', pero sí ''Mandriva''
domingo, 18 de enero de 2009
domingo, 4 de enero de 2009
Sabayon

Si alguna vez alguien os pregunta: ¿conocéis a alguien que use Gentoo o alguna distribución de GNU/Linux basada en ella? Le decís: si, el caminante es capaz de lidiar contra esa potente bestia!
Sabayon Linux. Dreams we can belive in
Open your source. Open your mind.
domingo, 28 de diciembre de 2008
Sangre sobre el asfalto
Echo de menos estar allí, con los edificios de color arena, el frío, los tejados y la compañía. Aunque sé que volver será la destrucción y la muerte, quiero volver.
Llovía sobre esa silueta oscura. La noche y la tormenta no permitían ver más allá de unos metros. Dos tipos con abrigos discutían al lado de un coche, mientras un tercero les observaba con una pistola en la mano. Se acercó a ellos y levantó la pistola.
-¿Queréis?-dijo mientras apretaba el gatillo. Una gominola surgió del cañón.
-¡Claro!-gritaron entusiasmados los dos hombres.
-¿Que ocurre?
-Estábamos discutiendo cual era el mejor regalo que le podíamos hacer a Frank cuatrodedos.
-Si, yo quería regalarle una cámara y aquí, este, quería regalarle unos limpiaparabrisas nuevos ¡Que ocurrencia!
-¡No sabía que era su cumpleaños!
-Es mañana. Vamos a darle una sorpresa. ¿Te apuntas?
-¡Por supuesto! Hasta mañana entonces
-¡Que pases un buen día!
Los dos hombres de los abrigos se metieron en el coche negro, que arrancó y se perdió entre la lluvia y la oscuridad. Quedó allí el hombre de la gabardina, mientras caminaba calle abajo y se guardaba el arma en un bolsillo interior. ''Por si luego tengo hambre'' pensó.
Al día siguiente, Frank cuatrodedos estaba comiendo en su restaurante favorito, Pizza Duomo en la terraza de la calle del mismo. De pronto, apareció por la esquina un coche negro a toda velocidad y frenó en seco justo delante de la mesa de Frank. Tres hombres bajaron del coche y se dirigieron con paso decidido hacia Frank, mientras sacaban un objeto de los abrigos largos.
-¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz!-comenzaron a cantar a coro. Sacaron por fin sus regalos y los pusieron encima de la mesa de Frank.
-¡Os habéis acordado! ¡Sois los mejores chicos!- y les abrazó a los tres a la vez.
Mientras Frank cuatrodedos abría los regalos, Jim el bajo, Sam y ''Cicatriz'' pidieron una tarta al camarero. Después rieron y se divirtieron toda la tarde. Fueron al parque de atracciones y a tomar unos helados. Frank contaba siempre que fue el mejor cumpleaños de su vida.
Para que luego digáis que sólo escribo historias violentas.
Llovía sobre esa silueta oscura. La noche y la tormenta no permitían ver más allá de unos metros. Dos tipos con abrigos discutían al lado de un coche, mientras un tercero les observaba con una pistola en la mano. Se acercó a ellos y levantó la pistola.
-¿Queréis?-dijo mientras apretaba el gatillo. Una gominola surgió del cañón.
-¡Claro!-gritaron entusiasmados los dos hombres.
-¿Que ocurre?
-Estábamos discutiendo cual era el mejor regalo que le podíamos hacer a Frank cuatrodedos.
-Si, yo quería regalarle una cámara y aquí, este, quería regalarle unos limpiaparabrisas nuevos ¡Que ocurrencia!
-¡No sabía que era su cumpleaños!
-Es mañana. Vamos a darle una sorpresa. ¿Te apuntas?
-¡Por supuesto! Hasta mañana entonces
-¡Que pases un buen día!
Los dos hombres de los abrigos se metieron en el coche negro, que arrancó y se perdió entre la lluvia y la oscuridad. Quedó allí el hombre de la gabardina, mientras caminaba calle abajo y se guardaba el arma en un bolsillo interior. ''Por si luego tengo hambre'' pensó.
Al día siguiente, Frank cuatrodedos estaba comiendo en su restaurante favorito, Pizza Duomo en la terraza de la calle del mismo. De pronto, apareció por la esquina un coche negro a toda velocidad y frenó en seco justo delante de la mesa de Frank. Tres hombres bajaron del coche y se dirigieron con paso decidido hacia Frank, mientras sacaban un objeto de los abrigos largos.
-¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz!-comenzaron a cantar a coro. Sacaron por fin sus regalos y los pusieron encima de la mesa de Frank.
-¡Os habéis acordado! ¡Sois los mejores chicos!- y les abrazó a los tres a la vez.
Mientras Frank cuatrodedos abría los regalos, Jim el bajo, Sam y ''Cicatriz'' pidieron una tarta al camarero. Después rieron y se divirtieron toda la tarde. Fueron al parque de atracciones y a tomar unos helados. Frank contaba siempre que fue el mejor cumpleaños de su vida.
Para que luego digáis que sólo escribo historias violentas.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
El barco
Debería estar estudiando, pero no es así. Estoy aquí escribiendo cosas que tal vez olvidaré en un futuro próximo y que no me servirán de nada en ese hipotético futuro. Estudiar es igual.
Empujamos y empujamos la roca cuesta arriba. A veces podemos ver algo del final. No estoy seguro de que me guste, pero si no, siempre puedo hacer otra cosa. Tal vez lo que me gusta es empujar rocas por cuestas.
Estoy falto de ideas, de inspiración, de duendecillos verdes o lo que sea. Después de escribir el párrafo superior he estado un rato pensando. No se ni lo que quiero escribir y temo que esto no acabe bien.
''S. miró a su psiquiatra con la su cara habitual: mezcla de incredulidad y desprecio. ¿Qué hacía el allí? Ese médico era un inútil. El había sido muchísimo mejor psiquiatra. El problema es que lo había sido, no lo era.
-Vamos S., cuénteme qué pasó exactamente en la travesía del atlántico. Llevamos ya dos meses de rodeos y evasivas.
S. no salía de su asombro. ¿Cómo podía tratar así un tema que le había traumatizado tanto?
-No me mire así S., ya no somos unos críos. Enfréntese al problema.
-¿Que me enfrente al problema? ¿Acaso usted sabe de lo que está hablando?-S. tornó a la rabia-F. y M. desaparecieron bajo las olas. ¡Están muertos! ¡Mis dos mejores amigos están muertos!
-Lo sé S.-puso su típico tono tranquilizador que ponía con los histriónicos- pero esa no es la razón de que esté aquí.
-Vale, usted gana. Le contaré que es lo que vi. Después me llamará loco y pedirá que me manden al psiquiátrico; me da igual, ya nunca recuperaré mi vida.
Como ya sabe, F., M. y yo íbamos a cruzar el Atlántico en nuestro barco. Iba a ser un viaje inolvidable. De hecho, lo fue. A mitad del camino, F. comenzó a tener fiebre. En pocas horas vomitó sangre. Su sangre tiñó de rojo el agua y puede que eso lo desencadenó todo, aunque la verdad, no lo se. Pero esa noche navegábamos bastante más lento. Pensé en que sería algún problema de la velas, pero no me importó mucho, porque F. estaba realmente mal. Mi diagnóstico: algún tipo de bacteria que le debía estar destrozando por dentro. Aquella misma noche, cuando F. se levantó para volver a vomitar por la borda se cayó. Bueno, creo que se cayó. Se hundió como un ladrillo. Ni chapoteó ni flotó lo más mínimo. M. y yo nos acercamos a la borda corriendo. Lo único que había era oscuridad. El mar sólo era oscuridad hecha líquido. La única luz en kilómetros a la redonda era una de nuestras linternas, en el mástil. A M. le entró una crisis de ansiedad. El pánico se apoderó de él y se encerró en baño del camarote. Esto me superaba y tuve que sentarme para pensar un poco. Ahora el barco no se movía, sólo estaba ahí, en mitad del océano. Algo me rozó la mano. Algo viscoso. Ni siquiera miré hacia atrás cuando corrí hacia el camarote. Razonándolo ahora no se porqué me asusté de esa manera. Pero un instinto me dijo huye. Un instinto proveniente de alguna parte antigua de mi cerebro. M. salió del baño con una mirada extraña en los ojos. Cogió la pistola de bengalas que teníamos y subió a la cubierta. Le seguí, sin saber que pretendía hacer. La linterna del mástil había desaparecido y la oscuridad nos había engullido a nosotros también. M. giró la cabeza hacía mí de una manera realmente extraña y disparó la bengala hacia el cielo estrellado. La bengala proyectó una luz rojiza y parcial a la cubierta del barco. A unos metros delante de nosotros había algo. Algo con aspecto viscoso. Una figura que recordaba vagamente a algún tipo de crustáceo deformado y gelatinoso de color (o la luz le daba un color) negruzco. HUYE. HUYE. HUYE, mi instinto gritaba y ocupaba todo mi pensamiento. Tal vez sea cierto que hay una cierta memoria impresa en los genes. HUYE. Corrí hacia el camarote sin mirar atrás. Ni siquiera pensé en M. hasta que, una vez en el camarote, escuché como algo voluminoso caía al agua. Cerré la puerta del camarote con llave y me encerré en el baño. Todas las noches me despierto escuchando los golpes que esa cosa dió a la puerta del camarote. Era como un golpe seco seguido de una especie de salpicadura. Estuve llorando hasta que me dormí. Cuando desperté era mediodia y sólo salí del baño para llamar por radio y pedir rescate. El resto ya lo conoce. Adelante, llámeme loco.
-Eso ha estado muy bien. Pero me temo que si necesitas pasar una temporada en el psiquiátrico.
-¡Lo sabía! Maldito estúpido con sus...
-S., cuando el equipo de rescate llegó a tu barco, F. y M. estaban descuatizados en la cubierta, todo estaba lleno de sangre, incluido tú, que blandías un cuchillo ensangrentado y musitabas sin sentido. Según las pruebas forenses, los estrangulaste mientras dormían y luego los cortaste en trozos.
Empujamos y empujamos la roca cuesta arriba. A veces podemos ver algo del final. No estoy seguro de que me guste, pero si no, siempre puedo hacer otra cosa. Tal vez lo que me gusta es empujar rocas por cuestas.
Estoy falto de ideas, de inspiración, de duendecillos verdes o lo que sea. Después de escribir el párrafo superior he estado un rato pensando. No se ni lo que quiero escribir y temo que esto no acabe bien.
''S. miró a su psiquiatra con la su cara habitual: mezcla de incredulidad y desprecio. ¿Qué hacía el allí? Ese médico era un inútil. El había sido muchísimo mejor psiquiatra. El problema es que lo había sido, no lo era.
-Vamos S., cuénteme qué pasó exactamente en la travesía del atlántico. Llevamos ya dos meses de rodeos y evasivas.
S. no salía de su asombro. ¿Cómo podía tratar así un tema que le había traumatizado tanto?
-No me mire así S., ya no somos unos críos. Enfréntese al problema.
-¿Que me enfrente al problema? ¿Acaso usted sabe de lo que está hablando?-S. tornó a la rabia-F. y M. desaparecieron bajo las olas. ¡Están muertos! ¡Mis dos mejores amigos están muertos!
-Lo sé S.-puso su típico tono tranquilizador que ponía con los histriónicos- pero esa no es la razón de que esté aquí.
-Vale, usted gana. Le contaré que es lo que vi. Después me llamará loco y pedirá que me manden al psiquiátrico; me da igual, ya nunca recuperaré mi vida.
Como ya sabe, F., M. y yo íbamos a cruzar el Atlántico en nuestro barco. Iba a ser un viaje inolvidable. De hecho, lo fue. A mitad del camino, F. comenzó a tener fiebre. En pocas horas vomitó sangre. Su sangre tiñó de rojo el agua y puede que eso lo desencadenó todo, aunque la verdad, no lo se. Pero esa noche navegábamos bastante más lento. Pensé en que sería algún problema de la velas, pero no me importó mucho, porque F. estaba realmente mal. Mi diagnóstico: algún tipo de bacteria que le debía estar destrozando por dentro. Aquella misma noche, cuando F. se levantó para volver a vomitar por la borda se cayó. Bueno, creo que se cayó. Se hundió como un ladrillo. Ni chapoteó ni flotó lo más mínimo. M. y yo nos acercamos a la borda corriendo. Lo único que había era oscuridad. El mar sólo era oscuridad hecha líquido. La única luz en kilómetros a la redonda era una de nuestras linternas, en el mástil. A M. le entró una crisis de ansiedad. El pánico se apoderó de él y se encerró en baño del camarote. Esto me superaba y tuve que sentarme para pensar un poco. Ahora el barco no se movía, sólo estaba ahí, en mitad del océano. Algo me rozó la mano. Algo viscoso. Ni siquiera miré hacia atrás cuando corrí hacia el camarote. Razonándolo ahora no se porqué me asusté de esa manera. Pero un instinto me dijo huye. Un instinto proveniente de alguna parte antigua de mi cerebro. M. salió del baño con una mirada extraña en los ojos. Cogió la pistola de bengalas que teníamos y subió a la cubierta. Le seguí, sin saber que pretendía hacer. La linterna del mástil había desaparecido y la oscuridad nos había engullido a nosotros también. M. giró la cabeza hacía mí de una manera realmente extraña y disparó la bengala hacia el cielo estrellado. La bengala proyectó una luz rojiza y parcial a la cubierta del barco. A unos metros delante de nosotros había algo. Algo con aspecto viscoso. Una figura que recordaba vagamente a algún tipo de crustáceo deformado y gelatinoso de color (o la luz le daba un color) negruzco. HUYE. HUYE. HUYE, mi instinto gritaba y ocupaba todo mi pensamiento. Tal vez sea cierto que hay una cierta memoria impresa en los genes. HUYE. Corrí hacia el camarote sin mirar atrás. Ni siquiera pensé en M. hasta que, una vez en el camarote, escuché como algo voluminoso caía al agua. Cerré la puerta del camarote con llave y me encerré en el baño. Todas las noches me despierto escuchando los golpes que esa cosa dió a la puerta del camarote. Era como un golpe seco seguido de una especie de salpicadura. Estuve llorando hasta que me dormí. Cuando desperté era mediodia y sólo salí del baño para llamar por radio y pedir rescate. El resto ya lo conoce. Adelante, llámeme loco.
-Eso ha estado muy bien. Pero me temo que si necesitas pasar una temporada en el psiquiátrico.
-¡Lo sabía! Maldito estúpido con sus...
-S., cuando el equipo de rescate llegó a tu barco, F. y M. estaban descuatizados en la cubierta, todo estaba lleno de sangre, incluido tú, que blandías un cuchillo ensangrentado y musitabas sin sentido. Según las pruebas forenses, los estrangulaste mientras dormían y luego los cortaste en trozos.
martes, 23 de diciembre de 2008
El mar, el inmenso y misterioso mar

Un día escuchó el mar, olió la sal y sintió la humedad. Nunca antes había conocido el mar. Y un día cualquiera lo descubrió; se extiende hasta donde alcanza la vista. Sus aguas bravas, temperamentales, esconden muchos misterios. Se necesitaría una vida para descubrirlos todos. Maravillado, se quedó observándolo durante horas.
Fue aquel día cuando el caminante dejó la costa para adentrarse en aquel oscuro, misterioso, tormentoso y hermoso mar.
sábado, 13 de diciembre de 2008
El monasterio
Recordaba cuando consiguió ese arma. Llevaba varios días vagando por un bosque al norte, uno particularmente oscuro y silencioso. Un día vió a un mercader que intentaba hacer pasar su carro por uno de los estrechos y embarrados caminos que atravesaban la arboleda. Era un hombre joven y algo rechoncho. Parecía un tabernero. Mientras el pobre hombre intentaba sacar una de las ruedas de un charco de barro, el se deslizó hasta colocarse detrás de él. Hundió entero su cuchillo en la nuca de aquel desdichado, que cayó al suelo haciendo un gran ''chof'', muerto. Su recuerdo de todo aquello era vago, como si no le hubiera prestado atención. Pero de lo que sí se acordaba era del descubrimiento de la carga del mercader: objetos prediluvianos. Había una media docena de ellos: cajas negras con placas verdes con caminos dorados dentro, unas piezas de cristal, una botella con forma extraña, lo que parecía ser un zapato, un esfera de cristal y un arma prediluviana. Era una pistola. Enorme. Tenía algo grabado en un lado, pero el no sabía leer,y aunque supiera, desconocería el idioma. Era plateada y pesaba mucho.
Ahora estaba allí, caminando entre aquellas piedras antiguas, por donde hacía más de quince siglos que no pasaba nadie. En una de las habitaciones escondía su tesoro; un relicario de la decadente edad prediluviana.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)